Terraformar otros planetas: un vergel en Venus o en Marte

Primera parte: Cómo vivir fuera de la Tierra

Venus actualmente es lo más parecido a una olla expres donde se cocinasen ácidos corrosivos. Su temperatura media es de 500 grados centígrados y su irrespirable atmósfera, compuesta por CO2 en un 90 por ciento, tiene una presión nueve veces superior a la terrestre. El planeta de la diosa romana del amor no es el mejor lugar para una cita romántica.

El hemisferio norte de Venus En los años setenta, el divulgador y científico Carl Sagan diseñó un plan para convertir este infierno en un paraíso. Básicamente consiste en reproducir en todo un planeta las condiciones que hacen de la Tierra habitable: temperatura, atmósfera respirable y agua.

"Todos los problemas de Venus, simplificando, se reducen a un enorme efecto invernadero: los rayos solares rebotan en su densa atmósfera y calientan aún más el planeta", escribió el genial divulgador.

Para invertir este proceso, Sagan planteó un bombardeo de Venus con colonias de un tipo de alga verdeazulada conocida como Cyanidium caldarium. Este microrganismo es tan resistente que puede sobrevivir incluso en un reactor nuclear. Su reproducción es axesuada y se alimentan de CO2 para fabricar oxígeno.

Venus Express confirma la presencia de relampagos en la atmosfera Venusiana.

El ambicioso plan de Sagan consistía en enviar una serie de naves no tripuladas que se colocarían en órbita alrededor de Venus. Cada nave llevaría a bordo unos pequeños cohetes en forma de torpedos. Estos cohetes serían disparados en varios puntos del planeta, cada 90 segundos y separados entre sí por 800 kilómetros. El morro de cada cohete llevaría una colonia de algas verdeazuladas y, al explotar en las nubes de dióxido de carbono, diseminaría la semilla de la vida por todo el planeta.

 

Según los cálculos de Sagan, "en apenas un siglo las algas habrían convertido a Venus en un planeta habitable". Sin embargo, posteriores experimentos enfriaron las expectativas: además de aumentar el nivel de oxígeno, sería necesario reducir la presión atmosférica, fortalecer el débil campo magnético e incluso crear algún tipo de enorme parasol planetario que amortigüe el calor solar. Y tanto las tecnologías como los materiales necesarios para tan titánica tarea aún están por inventar.

Marte, el planeta azul

 

 

El otro modelo de terraformación es el marciano. Y es tan lento y costoso que a su lado lo de Venus es un juego de niños.

El planeta rojo tiene una temperatura media sólo un poquito más fría de la que podemos encontrar en el polo sur: entre -26 y -111 grados centígrados. Su tenue atmósfera –irrespirable para el hombre– está compuesta por dióxido de carbono (95%) nitrógeno (3%) y Argón (2%).

El primer paso para transformar este planeta en un mundo habitable consiste en elevar la temperatura. Para ello habría que realizar un proceso inverso al de Venus: crear un "efecto invernadero" que retenga la luz solar por medio de fábricas que generen Clorofluorocarbonados –los famosos CFCs–. Otro sistema para calentar Marte sería colocar enormes espejos órbita que actuasen como una lupa sobre el planeta.


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Recreación artística de la terraformación de Marte.

Este primera parte del proceso duraría un mínimo de doscientos años. Una minucia al lado de lo que se tardaría en el siguiente paso: convertir la venenosa atmósfera marciana en aire respirable; un trámite que podría durar hasta cien mil años. Para ello habría que modificar genéticamente a algún tipo de bacteria terrestre para que fuese capaz de sobrevivir a las duras condiciones marcianas a la vez que transforma el Dióxido de carbono en oxígeno.

 

Según los científicos, estos dos modelos de terraformación –el del helado Marte y el ardiente de Venus– servirán después para otros planetas que orbiten alrededor de otras estrellas. Aunque para eso tendríamos que poder viajar hasta ellos. Nadie dijo que la conquista del espacio iba a ser una tarea fácil.