Aquí Base Tranquilidad. El Eagle ha alunizado»

Desde que Colón
llegó a América, la humanidad nunca había superado
más barreras geográficas o espaciales. La llegada del
hombre a la Luna fue una de las noticias del siglo, un motivo de
esperanza
«Aquí Base Tranquilidad. El Eagle ha alunizado»
JOSÉ MARÍA CARRASCAL | MADRID
Publicado Domingo, 19-07-09 a las 00:14

Pocas veces la emoción y la normalidad
habrán ido tan de la mano. La primera vez que un ser humano
ponía el pie en otro cuerpo celeste era un acontecimiento
histórico de primera magnitud, multiplicado por el hecho de ser
visto en directo por televisión. ¿Se imaginan poder ver
la llegada de Colón a Guaraní? Sin embargo, todo
ocurrió tan regular, tan puntual, tan, diría,
rutinariamente que creí detectar entre los corresponsales que,
en Nueva York, seguíamos el alunizaje cierto desencanto. Todos
teníamos preparados adjetivos grandilocuentes, y todo
había marchado como previsto.

https://i1.wp.com/web.educastur.princast.es/proyectos/grupotecne/archivos/investiga/160apolo11-1.jpg

 Pero esa era precisamente la mayor
grandeza del Apolo XI: que la ida a la Luna había transcurrido
con menos incidentes que una excursión de fin se semana a la
sierra. Los astronautas no habían encontrado monstruos ni
sorpresas, como en las novelas de ciencia ficción. Ni siquiera
los accidentes geográficos de la Luna parecían
amenazadores. Una capa de polvillo blancuzco recubría su
superficie, dándole el aspecto de las dunas de un desierto
frígido. Todo inocuo y, eso sí, desangelado. Pero el
peligro estaba allí, al acecho, como lo había estado a lo
largo de todo el viaje. Conjurado por el virtuosismo de la
técnica, la pericia de los hombres y el haber previsto hasta el
último detalle. Ese era el milagro.

https://i0.wp.com/www.archivehive.com/wp-content/moon-craters.jpg
En respuesta a los soviéticosEl
viaje había empezado 4 días antes, aunque los
preparativos se remontaban a comienzos de los años 60 del pasado
siglo, cuando Kennedy contestó al desafío
soviético que representaba poner el primer hombre en el espacio,
anunciando que los norteamericanos llegarían a la Luna en la
misma década. Se trataba del proyecto Apolo, que tras unos
inicios vacilantes había ido cumpliendo sus etapas, y al llegar
a su undécima edición intentaba la prueba definitiva.
Eran las 10.32 de la mañana del 16 de julio de 1969 en Cabo
Kennedy, cuando el Apolo XI, tripulado por el comandante Neil
Armstrong, de 36 años, el piloto Edwin E. Aldrin, de 39, y el
también piloto Michael Collins, de 38, iniciaba el recorrido que
Julio Verne había descrito en una de sus más famosas
novelas. Curiosamente, los cálculos del escritor francés
de potencia necesaria para hacerlo eran correctos, no así el
resto de las condiciones del viaje. Se había bautizado la
astronave con el evocativo nombre de Columbia, aunque la navecilla que
se posaría en la Luna llevaba el nombre de Eagle, águila
en inglés.
https://i0.wp.com/www.nasa.gov/images/content/139726main_Apollo_11_hires.jpg
Acopladas la una a la otra, iban en el extremo de una
serie de cohetes de formidable potencia, el primero de ellos un Saturno
V, encargado de dar el primer empujón, consumiendo 15 toneladas
de combustible por segundo. Nada de extraño que 160 segundos
después hubiera agotado sus depósitos, ya en las capas
altas de la atmósfera, por lo que se desprende para caer al mar.
Entran entonces en acción cinco motores J-2, que han de elevarle
aún más y aumentar su velocidad. Esta segunda etapa va a
durar 9 minutos, el tiempo que dura el combustible de los J-2, que
también se desprenden, para quedar ya un único motor de
aceleración, que va a apagarse cuando el Columbia queda en
órbita a 215 kilómetros de la superficie terrestre.

https://i0.wp.com/antwrp.gsfc.nasa.gov/apod/image/0809/bumper2_nasa_big.jpg

Va a
girar en ella durante tres horas, tiempo que emplearán los
astronautas para chequear todos los instrumentos, y comprobar que
ninguno de ellos ha sufrido desperfecto durante el lanzamiento. Por
fortuna, todo está en orden, lo comunican a la central de
Houston y reciben el OK de poner rumbo a la Luna.

No es ninguna broma. Piensen que disponen de un solo
motor, con 70 miserables toneladas de combustible, para ir y volver.
Pero cuentan con una fuerza infinitamente más potente: la de la
gravedad, que sostiene en sus órbitas a planetas y
satélites, y va a empujarles o frenarles como un formidable
viento de frente o de cola. Les ayuda también el vacío
sideral, que permite al pequeño motor acelerar hasta 45.000
kilómetros por hora, al no haber rozamiento. Cuando se acaba el
combustible, moviéndose ambas astronaves sólo por la
fuerza de la inercia, hay que hacer una de las maniobras más
complicadas y delicadas: «desempaquetar» al Eagle y
engancharlo delante del Columbia. Lo han ensayado multitud de veces en
la Tierra, pero otra muy distinta es hacerlo en la inmensidad de los
espacios a aquella velocidad. Al Eagle se le «desempaqueta»
accionando las pequeñas cargas que desprenden los paneles que le
rodean
. Sigue una compleja maniobra para llevarlo justo ante el
Columbia, y alargar los ganchos que van a acoplarlos. Logra realizarse
sin incidentes, y ahora sí que puede decirse que empieza el
verdadero viaje a La Luna.
https://i2.wp.com/www.hq.nasa.gov/alsj/mrgorsky-animated.gif


Momento críticoVa
a durar tres días. Durante los dos primeros, la velocidad de los
dos vehículos acoplados va disminuyendo, debido a la
atracción que todavía ejerce sobre ellos la Tierra.
Cuando es sólo de 3.700 kilómetros por hora, empieza a
notarse la gravedad lunar, que, aunque bastante menor que la terrestre,
les hace acelerar hasta alcanzar los 9.000 kilómetros.
Están ya en el tercer día de viaje, y llega el momento de
ponerse en órbita lunar. Una vez en ella, Armstrong y Aldrin
pasan al Eagle por el estrecho pasadizo entre ambas astronaves y se
acomodan en el que va a ser su vehículo lunar, comprobando todos
sus sistemas.

https://i1.wp.com/www.sayyestovacationhomes.com/KSC/ArmstrongCollinsAldrin.jpg

 Que no crean eran tantos. Cuando compré mi
último ordenador portátil, me dijeron en la tienda:
«Tiene mucha más informática que la del Apolo
XI».
Terminados los chequeos y tras haber recorrido 13
órbitas lunares, Collins acciona desde el Columbia los
mecanismos de desconexión de ambas astronaves y el Eagle empieza
a separarse, encendiendo sus motores durante 15 segundos. No necesita
más para abandonar la órbita lunar e iniciar el lento
descenso hacia la superficie, por la simple fuerza de la gravedad del
satélite.
Es uno de los momentos más críticos de la
misión, ya que por más que se haya elegido el lugar de
alunizaje, los imprevistos pueden surgir en cualquier momento. Cuando
llegan a 15 kilómetros de altura sobre el lugar previsto, en el
Mar de la Tranquilidad, Armstrong comprueba que está sobre un
cráter rocoso que puede dañar el Eagle. Así que
buscan otro. Según van descendiendo, Aldrin le lee los datos que
le proporcionan el radar y los ordenadores. El nuevo emplazamiento
parece mucho más apropiado, el alunizaje es suave y el Eagle
queda posado sobre aquel paraje como una gigantesca araña.

El pequeño paso«Houston…..Aquí
Base Tranquilidad. El Eagle ha alunizado,» informa el comandante
a su base terrestre. Son las 15,15 del 20 de julio de 1969. Armstrong
pide permiso para salir. Se lo conceden, pero los preparativos duran
más de 5 horas. Ya con la escafandra, activa la cámara de
televisión para que todo el mundo pueda ver el acontecimiento.
«Un pequeño paso para un hombre. Un gran
paso para la humanidad,» f
ue la frase que tenía preparada.
Iba unido por una especie de cordón umbilical al Eagle, pero al
ver que podía mantener sus funciones vitales, se le permite
desengancharlo. Tras él sale Aldrin, poniendo un poco de humor a
la cosa: «Tal vez para Neil fuera un pequeño paso, pero
para mí fue un bonito salto…., bonito, bonito, una
magnífica desolación.»

https://i0.wp.com/ciencia.nasa.gov/headlines/y2006/images/apollo11/ad017.gif
Pero aquel no era un viaje turístico, sino de
trabajo, y había mil encargos que hacer: instalar una
cámara de TV frente al Eagle, desplegar un detector de
partículas solares, recoger 22 kilos de rocas, instalar un
sismógrafo que registrase la posible actividad interna del
satélite, disponer un retrorreflector de rayos láser para
medir las distancias exactas a la Tierra, dejar un disco con mensajes
de todas las naciones del mundo, junto a las medallas recibidas de la
familia del primer astronauta, Gagarin, sellar la primera estampilla
espacial de 10 centavos y, naturalmente, plantar una bandera
norteamericana, así como hablar con el presidente Nixon, que les
felicita y no puede evitar largar su discursito político:
«Espero que del Mar de la Tranquilidad venga la paz y la
tranquilidad al mundo».

https://i1.wp.com/ciencia.nasa.gov/headlines/y2006/images/apollo11/buzz1.jpg
Duermen 4 horas y 20 minutos, lo que significa que han
estado en la Luna algo más de 14 antes de encender los motores
de despegue del Eagle, que deja detrás sus patas, para dirigirse
el encuentro del Columbia, que les espera en órbita lunar. Se
acercan muy lentamente hasta marchar en formación, momento en el
que el Eagle gira sobre sí y queda atrapado por los garfios de
atraque de la nave nodriza.
Se abren las compuertas entre ambas naves y comienza el
trasvase del material recogido. Dura más de dos horas, y los dos
astronautas pasan al Columbia, cierran la compuerta y se procede al
desenganche del Eagle, que se deja caer sobre la superficie lunar.

Misión cumplidaMisión
cumplida, y pueden emprender el regreso. Son las 6,35 de la
mañana del 22 de julio cuando encienden el motor que debe
devolverles a la Tierra. No necesitan tenerlo encendido más que
dos minutos y medio para escapar de la gravedad lunar y entrar en la
terrestre. En adelante, se dejarán llevar por ésta, cada
vez más fuerte, en un viaje de 60 horas que no ofrece ninguna
novedad.
La zona prevista para el amerizaje está azotada
por el temporal, y hay que elegir otra, al SE de Hawai. El portaaviones
Hornet será el encargado de recogerlos.

http://agaudi.files.wordpress.com/2009/05/ap11-ksc-69pc-467hr.jpg

Llegan a 40.000
kilómetros por hora y no necesitan frenos: el rozamiento con la
atmósfera terrestre reduce su velocidad, aunque deja la
cápsula al rojo. Las tres series de paracaídas van
abriéndose sucesivamente y a las 18,50 del 24 de julio de 1969,
8 días, 3 horas, 18 minutos y 35 segundos después de
haber salido de Cabo Kennedy, el Apolo XI da por terminada
satisfactoriamente su misión. No traen oro, ni diamantes, ni
aventuras exóticas que contar. Pero han cumplido un viejo
sueño de la humanidad.

https://i0.wp.com/www.goatlocker.org/target/images/cv-8.jpg
Por cierto, todavía hay gentes que sostienen que
no hubo tal ida a la Luna, que todo fue un montaje televisivo y dan
como prueba la bandera plantada allí, «que se agita por el
viento, cuando en la Luna, al no haber atmósfera, no hay
viento.» Esa gente no se ha enterado de que las trece bandas
rojas y blancas de la bandera norteamericana no van simplemente
cosidas, sino fruncidas, precisamente para dar la impresión de
viento aunque no lo haya.