Hacia una ingeniería planetaria


En
febrero de 1993, dentro del proyecto llamado "Znamya", los rusos
trataron de colocar un gigantesco espejo en el espacio que reflejara la
luz solar sobre Siberia. Se trataba de un espejo de 25 metros que,
acoplado a un satélite, iluminaría un área de hasta 5 kilómetros sobre
la oscuridad siberiana con la intensidad de cuatro lunas llenas.

Aunque la misión fracasó, se trataba de uno de los primeros experimentos en el campo de la geoingeniería.

Este
concepto, acuñado en EEUU en los años 90, hace referencia a la
aplicación de soluciones tecnológicas a gran escala con el fin de
modificar de manera global las condiciones de un planeta. Actualmente,
científicos de todo el mundo buscan una manera de frenar o revertir el
calentamiento global mediante estos mecanismos. Una de las ideas, por
ejemplo, consiste en la colocación en la órbita terrestre de una
especie de “sombrillas” espaciales que contrarresten y reflejen los
rayos solares hacia el espacio. Según The New York Times,
el astrónomo Roger P. Angel, de la Universidad de Arizona, ha diseñado
un plan para poner en órbita trillones de pequeñas lentes que servirían
para refractar la luz del Sol y evitar su entrada en la atmósfera. Otra
idea consiste en colocar inmensas superficies de plástico blanco sobre
desiertos u océanos, o abonar los mares con partículas de hierro que
generen grandes extensiones de plantas que absorban el dióxido de
carbono.

Aunque
la idea ha empezado a desarrollarse en los últimos años, el concepto de
geoingeniería es antiguo. Durante los años 70 se habló mucho de la “terraformación”,
la posibilidad de transformar un planeta o satélite en habitable para
los humanos. En concreto, se manejaron todo tipo de hipótesis para
transformar la atmósfera de Marte, como la introducción masiva de
elementos químicos o formas de vida microbianas. Las teorías fueron tan
lejos que, para crear una atmósfera y calentarla, se llegó a plantear
un posible bombardeo nuclear sobre la corteza y los casquetes polares.

La guerra del clima

Los
científicos llevan tiempo dándole vueltas a la posibilidad de alterar
el clima, en algunos casos con fines destructivos. En ámbitos militares
se investiga desde hace años sobre la denominada “guerra ambiental”. La
primera vez que se utilizó este tipo de armas fue en marzo de 1974,
durante la guerra del Vietnam. El Pentágono reveló que había estado
‘sembrando’ las nubes de Vietnam y Camboya con el objeto de incrementar
las lluvias en determinadas zonas, embarrar las carreteras y dificultar
el traslado de suministros.

En 1976, y a raíz de estos hechos,
una comisión internacional prohibió terminantemente el uso de técnicas
de modificación ambiental con fines bélicos. Sin embargo, muchos
indicios apuntan a que las grandes potencias han seguido trabajando en
el desarrollo de estas ‘armas climáticas’. Algunos científicos de
reputación mundial han confirmado que EEUU han diseñado sistemas para
la intensificación de tormentas y la producción de sequías o
“inundaciones dirigidas".

No
hace muchos años, en 1993, la Fuerza Aérea estadounidense levantó en
Gakona (Alaska) unas instalaciones conocidas como HAARP (High Frequency Advanced Auroral Research Project)
englobadas como “proyecto de defensa nacional”. Allí, en un apartado
rincón de la Tierra, los científicos han diseñado un complejo entramado
compuesto de 180 antenas, organizadas en 15 columnas, con la capacidad
para emitir un billón de ondas de radio de alta frecuencia hacia la
ionosfera. Aunque los fines del proyecto son supuestamente pacíficos,
son muchos los que sospechan que este gran calentador ionosférico
podría ser en realidad la más sofisticada arma geofísica construida por
el hombre.

La
explicación oficial es que las trasmisiones de señales a frecuencia
ultrabaja de la HAARP servirán para comunicar con submarinos a gran
profundidad o para realizar observaciones subterráneas de gran
precisión. Sin embargo, algunos expertos aseguran que estas 180 antenas
podrían contribuir a cambiar el clima bombardeando intensivamente la
atmósfera con rayos de alta frecuencia. Su propio creador, Bernard
Eastlund, asegura que la HAARP podría controlar el clima, siguiendo la
teoría de la resonancia empleada por Nikola Tesla.

Las pruebas han llegado a tal nivel, que en marzo de 2005 los científicos de la HAARP crearon, sin pretenderlo, la primera aurora boreal artificial, una radiación a 100 kilómetros de altitud que fue apreciable a simple vista.

“El Rayo de la Muerte”

A principios de 1908, el genial Nikola Tesla
(inventor entre otras muchas cosas de la corriente alterna) diseñó y
puso en funcionamiento un sistema de transmisión de energía
inalámbrica, capaz de transmitir electricidad a grandes distancias sin
necesidad de cables y aprovechando las propiedades de la ionosfera. En
su laboratorio de Long Island, Tesla llegó a levantar una torre de unos
60 metros de altura capaz de generar lo que él llamó “el Rayo de la
Muerte”. En uno de sus experimentos logró encender 200 lámparas de 50
vatios a 40 kilómetros de distancia. Según el propio Tesla, su invento
era capaz de enviar un rayo electromagnético a centenares de kilómetros
y concentrar suficiente energía como para iluminar una ciudad, o
destruirla.

Poco
tiempo después, en la mañana del 30 de Julio de 1908, una enorme bola
de fuego cruzó el cielo de Siberia y cayó sobre los bosques de
Tunguska, destrozando unas 2.000 hectáreas de terreno y tumbando
alrededor de 80 millones de árboles. La explosión, con una potencia
equivalente a la de cien bombas atómicas, se atribuyó a la caída de un
meteorito, pero la expedición que acudió al lugar años después no
descubrió restos de ningún cráter. El extraño fenómeno, bautizado como
el “evento de Tunguska”,
sigue sin tener explicación. Solo sabemos que, por aquellas fechas, un
amigo de Tesla, un tal Peary, se encontraba en una expedición en el
Ártico tratando de llegar al Polo Norte. Unos días antes de la gran
explosión, Tesla le dijo en un telegrama: “te saludaré con un destello
de luz”.

La nave Tierra

Tal
vez el proyecto más radical de geoingeniería sea el que presentó un
equipo de astrónomos estadounidenses en el año 2001, quienes aseguraron
que la única solución, a largo plazo, sería mover la órbita de la Tierra.
Teniendo en cuenta que en próximo billón de años las radiaciones
solares harán imposible la vida, los científicos (de la NASA y diversas
universidades americanas) aseguraron que la única forma de enfriarla
sería alejándola de la estrella. Para ello proponían una técnica que ya
se ha empleado en el envío de sondas espaciales: utilizar la estela
gravitacional de un gran asteroide para reposicionar la órbita de
nuestro planeta.

Según aseguraron, esta “sencilla técnica”
serviría para salvar el destino de la Humanidad y permitiría a los
hombres del futuro alterar nuestro sistema solar e ir recolocando
satélites y planetas como los nuevos arquitectos del Universo. Puestos
a imaginar, quién sabe si la Tierra, una vez desplazada de su órbita
original, no pasaría a convertirse entonces en una inmensa nave
espacial con la que nos desplazaríamos alegremente hasta el final de
los tiempos.